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El pensador

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Éste era un hombre que pensaba mucho, pero pensaba demasiado quizá, porque en cierto día sin advertir siquiera su propio estado, se vio consumido a la devoción de pensar. Así, el desdichado hombre se sometía días y noches devorando enigmas, códigos arcanos, los libros del hombre, pensamientos celestes, lenguajes infinitos. Auscultado entre formas y álgebras, prescindiendo del tiempo, acostumbró a convivir sin el reposo. Derogaba la facultad del diálogo, que por entonces era una de las disciplinas de los sabios, y prefería el ejercicio mental, la comunión del individuo. Pensaba en los arcanos de la vida, en el caos de la creación, en el agujero negro, ese agujero que lo devoraba. Llegó a sopesar al tiempo, a revocarlo, convocaba su alma de hombre contra el tiempo, después de todo era potencia y núcleo de toda objetividad. Y así, harto y monótono, réprobo de su pensamiento, tan sólo buscaba la forma para subsistir en ese despeñadero impalpable, bajo el cielo seco y el viento ina...