El pensador


Éste era un hombre que pensaba mucho, pero pensaba demasiado quizá, porque en cierto día sin advertir siquiera su propio estado, se vio consumido a la devoción de pensar. Así, el desdichado hombre se sometía días y noches devorando enigmas, códigos arcanos, los libros del hombre, pensamientos celestes, lenguajes infinitos. Auscultado entre formas y álgebras, prescindiendo del tiempo, acostumbró a convivir sin el reposo. Derogaba la facultad del diálogo, que por entonces era una de las disciplinas de los sabios, y prefería el ejercicio mental, la comunión del individuo. Pensaba en los arcanos de la vida, en el caos de la creación, en el agujero negro, ese agujero que lo devoraba. Llegó a sopesar al tiempo, a revocarlo, convocaba su alma de hombre contra el tiempo, después de todo era potencia y núcleo de toda objetividad.

Y así, harto y monótono, réprobo de su pensamiento, tan sólo buscaba la forma para subsistir en ese despeñadero impalpable, bajo el cielo seco y el viento inamovible. El mundo se desgarraba por la intemperancia y la ira, espadas invocando guerras, imperios devastando otros, regía la sangre por doquier: mares, desiertos, murallas, laberintos; pero él sólo pensaba, discurría sus pensamientos como un torrente inacabable. La cólera y la peste fraguaban a los hombres, constituían sus pesares, la hambruna les rompía la boca, y el miedo el espíritu. Comprendió este concepto y supo aceptarlo, pero aborrecía a los hombres que sufrían, él supo no sufrir, o simplemente lo ignoraba. Así se repetía por años de días y noches sin dormir, y mientras el orbe se devastaba por cataclismo y tifones, él sólo pensaba. Lo único que le importaba era pensar, y así ya no comía, su metabolismo se ajustó, por defecto natural, a pequeños frutos secos y mendrugos, y un poco de agua en el muy corto plazo que éste se daba como receso. Para no torturarse tanto en pensamientos tan arcanos e intentar cambiar de debate -ya que éste hombre debatía todo en cuantos enigmas se le ofrecía- daba una caminata por las laderas, por los regatos secos, por los calurosos peñascos del mediodía; y así volvía y arribaba por los ribazos, pero volvía siempre a sentarse en su pedregoso asiento para volver a pensar.

Y sólo pensaba, al no pensar, éste le preocupaba mucho ya que pensaba que no pensar alteraría trágicamente su mísera existencia. Pues verán, en la árida aldea en donde vivía apenas había mendigos por todas partes, ciegos trovadores, hedonistas y epicúreos, y otros que se versaban en política, charlatanes inmundos -lástima de sabios enfermos y perdidos, cuya sabiduría no beneficiaba ni lucraba - y hombres desdeñosos que al hacer fortuna en furtivos comercios abandonaban el estéril lugar; en fin, hombres de vida sedentaria holgados sólo en la réproba esperanza de un imposible porvenir a esa vida miserable, hombres que jamás lo reprocharían o lo condenarían por el simple hecho natural de pensar. No existía ley alguna o doctrina que dictara como delito al arte de pensar. Sí, pensar era un arte, así lo veía, el mejor y mayor, el más  perpetuo y primitivo, el arte que jamás perecería, ése era un don que no todos profesaban, se sentía un predestinado, predilecto por los dioses para pensar en ese pequeño mundo, ése era su arte, el arte de pensar. Al pensar, él era un hombre libre, un pensador íntegro, un individuo culminado en la riqueza espiritual y en armonía con la naturaleza, un hombre con sentidos sensibles de lo absoluto.

El desdichado pensador, dedicaba toda su vida en pensar, llegó a pensar en el cosmos, en la tierra y el fuego, en qué se constituía aquella bóveda azul que lo consumía, pensó en su existencia como hombre y como materia. ¿Qué era existir? ¿Acaso realmente todo ser que parece ser que existen, existían, o era solo un reflejo de otra existencia, de otro mundo ya existido anteriormente? Devastado y empobrecido de reflexiones indescifrables y mundanas, se creía neutro a sus soluciones, sólo creía que no creía absolutamente nada, pensar para él era lo absoluto. Pensaba sólo para sí, no daba sermones ni discursos, no ilustraba a nadie sus pensamientos y debates; así ávido y perpetuo, se resignaba al borde de la locura. Y llegó a pensar de por qué sólo él pensaba tanto, y hasta por qué pensaba ¿Cuál era su fin? ¿Pensar era un placer o un instinto de supervivencia? Esto y entre muchas otras cosas se cuestionaba largamente el pobre hombre que ya no dormía ni comía.

En el decurso de su intrascendente vida, se embargó de sabiduría, experimentó todo tipo de fenómeno, en sus catarsis manifestaba actividad de iluminación; y en todo esto, en sus delirios balbuceaba que era el hombre más sabio del mundo en cualquier tiempo y en cualquier lengua, ya no habría enigma que no resolviese, así creía, así pensaba y eso lo hacía feliz.

Victorioso, definido, jerárquico, llegó a computar sus pensamientos en un número infinito, eslabonado minuciosamente cada enigma que era resuelto en el siguiente eslabón, cuya última pieza, paradójicamente acoplado con la primera, creaba una cadena intemporal.

Y así, moribundo, sumido en un volumen cuántico de pensamientos circulares, cuyo volumen, tal vez impracticable jamás por filósofos, magos o geómetras, terminó preso en ese bucle infinito, pero siempre en su pedregoso asiento, con la misma postura: el codo derecho sobre el muslo izquierdo con el puño cerrado sobre el mentón. Ya casi anciano, en su postura incansable de pensador, llegó a pensar tanto el desdichado hombre que llegó a convertirse en piedra.

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